Yo era el preceptor de los hijos del conde. En las enormes estancias del castillo había muy poca luz, y aquella penumbra facilitó algunos acercamientos amorosos. A poca luz fui seducido por la condesa y la poca luz me permitió seducir a su hija. Aquella penumbra hizo que, cuando el conde quiso vengar su honor, me confundiese primero con el jardinero, al que atravesó de una estocada, y luego con el mayordomo, a quién mató de un pistoletazo. Por culpa de la poca luz, me rompí la nuca en las escaleras de la bodega, mientras el iracundo conde me perseguía. Ahora soy el fantasma que recorre estas almenas solitarias y estos salones oscuros, húmedos y vacíos, bajo los techos que se desmoronan.

José María Merino

Cuentos del libro de la noche