29 Noviembre 2008
-Un pequeño huerto, cavar la tierra, abonarla, plantar, regar, recoger la cosecha. Esos ejercicios serían también muy beneficiosos para usted -le aconsejó el doctor mientras le entregaba el tratamiento contra el estrés. El primer año comió unos tomates deliciosos. El segundo año se pasaba las jornadas de la bolsa recordando sus tareas dominicales, las plantas de fresas, los calabacines en flor, las lombardas, según la estación. Pero un domingo de abril se quedó quieto y luego se sentó entre los surcos. El lunes ya había arraigado. Produce pimientos en el brazo izquierdo y berenjenas en el derecho. No necesita mucho riego.
José María Merino
Palabras en la nieve (Un filandón)
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29 Noviembre 2008
Soñe que un niño me comía. Desperté sobresaltado.
Mi madre me estaba lamiendo. El rabo todavía me tembló durante un rato.
Luis Mateo Díez
Palabras en la nieve (Un filandón)
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7 Enero 2008
Yo era el preceptor de los hijos del conde. En las enormes estancias del castillo había muy poca luz, y aquella penumbra facilitó algunos acercamientos amorosos. A poca luz fui seducido por la condesa y la poca luz me permitió seducir a su hija. Aquella penumbra hizo que, cuando el conde quiso vengar su honor, me confundiese primero con el jardinero, al que atravesó de una estocada, y luego con el mayordomo, a quién mató de un pistoletazo. Por culpa de la poca luz, me rompí la nuca en las escaleras de la bodega, mientras el iracundo conde me perseguía. Ahora soy el fantasma que recorre estas almenas solitarias y estos salones oscuros, húmedos y vacíos, bajo los techos que se desmoronan.
José María Merino
Cuentos del libro de la noche
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7 Enero 2008
El Expreso Madrid-París ha aparecido esta madrugada en un pequeño apeadero extremeño, muy lejos de su ruta. Todo el convoy está vacío, desde la cabina de la máquina hasta la última litera, y se desconoce el paradero de las más de doscientas personas que viajaban en él. Tampoco se han encontrado sus equipajes. En los cristales de puertas y ventanas, en los espejos de los lavabos, en la superficie de las mesitas, en la moqueta del suelo, con lápiz labial, con bolígrafo, con rotulador, con chocolate, muchas manos, ancianas, maduras, infantiles, han escrito la palabra Aldebarán.
José María Merino
Cuentos del libro de la noche

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27 Agosto 2007
Llora el tejo
-Un instante es una vida. Incluso para mí.
Baja la sábana que oculta el mundo y nos obliga a mirar hacia dentro. Por eso no nos gusta, No nos gusta lo que vemos. El exceso de paz puede provocar arrebato.
Por encima de ella vuela la imaginación. Subamos. Miremos desde arriba hacia dentro.
¿Qué ocurre en el interior? ¿Qué pasa tras las paredes? ¿Qué observa el águila?
-El mundo ha desaparecido –gime el tejo-. Pero está. A veces algo debe desaparecer para existir.
Abre los ojos.
Bendita niebla.
jm

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9 Julio 2007
Dondequiera que paro, Platero, me parece que paro bajo el pino de la Corona. Adondequiera que llego —ciudad, amor, gloria— me parece que llego a su plenitud verde y derramada bajo el gran cielo azul de nubes blancas. El es faro rotundo y claro en los mares difíciles de mi sueño, como lo es de los marineros de Moguer en las tormentas de la barra; segura cima de mis días difíciles, en lo alto de su cuesta
roja y agria, que toman los mendigos, camino de Sanlúcar.
¡Qué fuerte me siento siempre que reposo bajo su recuerdo! Es lo único que no ha dejado, al crecer yo, de ser grande, lo único que ha sido mayor cada vez. Cuando le cortaron aquella rama que el huracán le tronchó, me pareció que me habían arrancado un miembro; y, a veces, cuando cualquier dolor me coge de improviso, me parece que le duele al pino de la Corona.
La palabra magno le cuadra como al mar, como al cielo y como a mi corazón. A su sombra, mirando las nubes, han descansado razas y razas por siglos, como sobre el agua, bajo el cielo y en la nostalgia de mi corazón. Cuando, en el descuido de mis pensamientos, las imágenes arbitrarias se colocan donde quieren, o en esos instantes en que hay cosas que se ven cual en una visión segunda y a un lado de lo distinto, el pino de la Corona, transfigurado en no sé qué cuadro de eternidad, se me presenta, más rumoroso y más gigante aún, en la duda, llamándome a descansar a su paz, como el término verdadero y eterno de mi viaje por la vida.
Juan Ramón Jiménez
Platero y yo (Cap XL)
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15 Mayo 2007
Vio a lo lejos una columna de humo y, luego, la hebra de llamas. Adivinó un incendio en alguna parte de la ciudad. El fuego se estiraba como una culpa y desaparecía. De pronto, un par de cuadras más allá, las llamas alzaron su cresta y se extendieron por el cielo. Por las veredas se paseaban perros olfateando las rarezas de la noche. El Coronel disminuyó la marcha. Otros vehículos se detuvieron. La calle se llenó de curiosos y de comedidos. Junto al camión corrieron unas monjas con sábanas en las manos.
-¡Son para los quemados, para los quemados! –gritaron respondiendo a una mirada ofensiva del Coronel.
Una mujer estaba sentada bajo un cartel de propaganda abrazada a una máquina de coser. Lloraba. Dos adolescentes agitaron los brazos ante el camión. El Coronel tocó la bocina. Nadie se movió.
-No puede seguir –le dijo uno de los chicos-. ¿No ve? Se está incendiando todo.
-¿Qué ha pasado? –preguntó el Coronel.
-Explotaron unas garrafas de querosén –contestó un hombre alto, que se sujetaba el sombrero, como si luchara contra un viento ilusorio. Tenía manchas de tizne en las mejillas. Dijo: -Vengo del incendio. Uno de los conventillos se ha vuelto cenizas. En menos de diez minutos se vino abajo.
-¿Es lejos? –averiguó el Coronel.
-A pocas cuadras. Frente a Obras Sanitarias. Si no fuera porque han conectado varias mangueras a los depósitos de agua, las llamas ya estarían acá.
-Tiene que haber una equivocación.
-No –repitió el viejo-. ¿No se da cuenta que vengo del incendio?
Tomás Eloy Martínez
Más: http://sololiteratura.com/tom/tomaseloy.htm
y más: http://es.wikipedia.org/wiki/Tom%C3%A1s_Eloy_Mart%C3%ADnez
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6 Mayo 2007
Cuando le abrieron la puerta entró sin saludar, subió la escalera, cruzó la segunda planta, llegó al cuarto del fondo, se desplomó en la cama y cayó en coma. Así, libre de sí mismo, al borde del desbarrancadero de la muerte por el que no mucho después se habría de despeñar, pasó los que creo que fueron sus únicos días en paz desde su lejana infancia. Era la semana de navidad, la más feliz de los niños de Antioquia. ¡Y qué hace que éramos niños! Se nos habían ido pasando los días, los años, la vida, tan atropelladamente como ese río de Medellín que convirtieron en alcantarilla para que arrastrara, entre remolinos de rabia, en sus aguas sucias, en vez de las sabaletas resplandecientes de antaño, mierda, mierda y más mierda hacia el mar.
Fernando Vallejo

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